La fin del mundo

Recordaba estos días algo que me contó mi madre. Fue en 1959, como consecuencia de un eclipse total de sol que oscureció las Islas Canarias y el norte de África.

Aquellos días, las tertulias populares y los titulares de prensa se hacían eco del temor de algunos ante el eclipse. Algo que, en el habla de entonces, muchos llamaron “la fin del mundo”.

Bueno, el eclipse llegó, y como me contó mi madre, aparte de que las gallinas se asustaron porque se hizo de noche en pleno día, no pasó nada. Y es que, como siempre que se anuncia algo irremediable, nunca pasa nada.

Y sin embargo, pasan un montón de cosas. Dice el saber tradicional que donde toca la sombra del eclipse, hay acontecimientos. Así que fue por esas fechas, bajo la sombra del eclipse, cuando Marruecos ocupó el territorio del antiguo protectorado español.

Pero de “la fin del mundo”, nada.

Cada cierto tiempo leo algún artículo que dice que va a ocurrir algo grandioso. Alguien que proclama un renacer cósmico porque se va dar tal conjunción planetaria o se va a generar tal rayo galáctico y nunca-se-ha-visto-nada-igual. Y claro, llega el día y nunca pasa nada grande, aunque pasen un millón de acontecimientos pequeños.

Debo admitir que no me llama la atención la ignorancia acerca de la historia (todo lo que ha pasado, volverá a pasar algún día). Ni siquiera me llama la atención el hecho de que se ignore que los ciclos planetarios se repiten y no hay ningún acontecimiento, que se sepa, nuevo bajo el sol.

Lo que me llama la atención de estas noticias repetidas, del continuo advenimiento de “la fin del mundo”, es una cosa: el desconocimiento de nuestra propia psicología.

Los seres humanos necesitamos cambios, renovaciones periódicas. Necesitamos deshacernos de la vieja piel para que crezca algo nuevo. Necesitamos catarsis, sacudidas, estremecimientos.

Esto es algo reconocido por todas las culturas a lo largo del tiempo. Algo honrado a través de los ritos de paso. Algo que se siente en las danzas primitivas y también en un concierto de rock. Pero ¿qué sucede cuando nos negamos al cambio personal? ¿Qué ocurre cuando vivimos en nuestras mentes en vez de en nuestros cuerpos?

Lo que sucede es que creamos un universo mental que se alimenta continuamente de artículos, vídeos y todo eso que pulula por Internet. Un mundo que nos reafirma en nuestras ideas, pero que nos desconecta de nuestro cuerpo y de nuestro corazón. Deseamos que las cosas cambien desde fuera, un cambio grandioso o destructivo.

En otras palabras: se proyecta hacia fuera la renovación que uno debería vivir por dentro

Así, en vez de atrevernos a mirar nuestra oscuridad, en vez de tocar las cicatrices, esperamos que una conjunción planetaria solucione los problemas del mundo. Y eso, creo, no va a pasar.

Con sentido o sin él, nos ha tocado vivir esta vida: hermosa o desagradable, excitante o terrorífica según la ocasión. Nos ha tocado vivir con un alma llena de contradicciones. Es la naturaleza humana.

Es cierto que observando el mundo sólo se puede tener miedo y esperanza. Exactamente igual que hace dos mil años.

Lo único que cambia es que ahora estamos nosotros, y que podemos mirar a nuestro interior. Podemos mejorar y esperar que eso impregne un poco al mundo que nos rodea. Pero eso requiere levantarse, moverse, danzar. Requiere tocar las raíces del dolor personal.

Y claro, es más fácil quedarse sentado viendo un video de youtube sobre el renacer cósmico.

Ahora bien, por mi parte, si mañana llega “la fin del mundo”, espero que me pille bailando. Será lo más probable.