De “Carol” y la mirada

Decían los trovadores (y si no lo dijo ninguno, alguno debió decirlo), que el órgano del amor son los ojos.

Porque el resto de los órganos sirven para más de una función. La boca que besa también sirve para comer, la mano que acaricia tiene mil usos, etcétera. Pero los ojos, ay, los ojos son otra cosa.

Los ojos sólo sirven para mirar, y a través de la mirada, los ojos hablan. Y escuchan.

En los ojos de Rooney Mara a través de toda la extraordinaria “Carol”, hay una teoría y una estética del amor. La teoría la conté en un libro antiguo, y viene a decir que hay un ingrediente necesario en el amor, que es la fascinación. De eso los ojos saben mucho, de admirar y ser admirados.

De la estética poco se puede decir cuando las imágenes hablan por sí solas. Sólo una idea grande que cabe en unas pocas palabras: el objeto del amor es efímero pero la mirada del que ama es eterna.

Y los ojos sólo pueden amar en la distancia. Porque cuando los amantes se abrazan, los ojos se cierran. La victoria de los ojos es también su derrota.

Los trovadores, que eran maestros en el arte de amar en la distancia, de amar conscientemente lo imposible, sabían la importancia de la mirada. La estrofa de Bertrand de Ventadorn, compuesta en el siglo XII, lo explica perfectamente:

Ya no tuve dominio de mí,
ni fui mío, desde el momento
que me dejó mirar en sus ojos,
en un espejo que me agrada tanto.

En la Europa del siglo XII había amores imposibles. En los Estados Unidos de la década de 1950, también. Hacer posible lo imposible tiene un precio.

Dicen que los trovadores inventaron el amor en ese extraordinario siglo XII. Amar con los ojos: algo revolucionario. En la historia de “Carol”, ficticia pero basada en la realidad, late otra revolución: liberarse de un condicionamiento.

En resumen: ¿qué es amar sino buscar entre la multitud los ojos que te reconocen? El espejo perfecto en el que mirarte.