El abrazo de la serpiente

Richard Evans Schultes era un nombre mítico de mi juventud. Cuántas veces disfruté de su libro “Plantas alucinógenas”, con las ilustraciones de Elmer Smith. No en vano, Schultes fue el hombre que describió las plantas sagradas del Amazonas (el yopo, el yagé, la brugmansia), el primer etnobotánico, y quizás el más grande.

Así que desde que supe que Schultes era uno de los protagonistas de esta película, supe que tenía que verla, tenía que ver “El abrazo de la serpiente”.

Y tengo que decir que la película me ha dado mucho más de lo que esperaba, y esperaba mucho. Esta producción colombiana nos presenta una historia amazónica, pero contada desde el punto de vista de los habitantes del Amazonas. Una visión única, en la que sólo podrás entrar si te dejas llevar por la poesía, por el mito y por el ritual.

El abrazo de la serpiente nos muestra constantemente un juego de dobles, de seres y situaciones que se asoman al espejo de una selva bellísima y feroz. Seres que se reflejan en el río, y a los que el río les devuelve la impronta fotográfica de su alma fantasmal, atrapada en el tiempo.

A través de interminables viajes en canoa, sentimos la dualidad entre el hombre indígena y el hombre blanco. El hombre sin posesiones, frente al hombre que carga los baúles que le conectan con su mundo (el conocimiento que te salva, que te conecta con tu raíz, el mismo conocimiento que te hunde).

En la dualidad de dos viajes iniciáticos separados por treinta años de distancia, en un vibrante blanco y negro que no sólo no nos separa de la historia, sino que nos arrastra fotograma a fotograma como la corriente del río, sentimos cómo un hombre puede ser dos hombres. Dos hombres en el cuerpo de Schultes, separados por la conciencia. Dos hombres en el cuerpo del chamán Karamatake, separados por el tiempo y la memoria. Dos hombres en el cuerpo del explorador alemán Theodor Koch-Grünberg, separados por el deseo de conocer y el miedo a perder.

(¿Qué ocurre cuándo procedes de un mundo sin vida y entras en la pura vida de la selva? ¿Y qué haces cuando te arrancan de tu raíz, cuando eres un árbol seco que sólo espera ser devorado por la llama?)

Y como no puede ser de otro modo, el río desemboca en el viaje final, que no es otra cosa que el mismo viaje infinitamente repetido en la memoria y en el olvido: un hombre sin sueños que debe guiar a un hombre sin memoria. Pero ¿cómo es posible encontrar los sueños y no encontrar, de camino, la conciencia? ¿Y cómo puedes recuperar la memoria sin enfrentarte al dolor? No hay anestesia, ni física ni moral, que te permita separarte de ese (este) mundo cruel y luminoso.

Como todas las grandes historias, esta película nos presenta un cuento de transformaciones: de la vida a la muerte, y de esta a una nueva vida. Los seres que comienzan a viajar por ese río, no son los mismos que los que regresan, o no regresan, del viaje.

Al final, sólo los que han viajado al otro lado, hasta el final que es el principio, hasta el paisaje de muerte y vida trascendida de los tepuyes, saben lo que significan las mariposas blancas del río: renacer.