Seguir las señales


En un mundo donde todo brilla y parpadea, donde se intenta llamar nuestra atención por todos los medios posibles ¿cómo saber cuáles son las señales, las de verdad, las que conviene seguir?

No hay una respuesta sencilla a esa pregunta, ni un detector de señales (yo no lo tengo). Pero quizá una respuesta posible consista en empezar a entender que hay deseos del ego y aspiraciones del alma.

Nos cuesta entender que las señales, las verdaderas, nos conducen siempre fuera de nuestra zona cómoda. Por eso el miedo no es una señal, aunque sí un mecanismo de seguridad. El miedo es necesario, pero también, a la larga, se convierte en un fardo pesado que convierte el caminar en una tarea demasiado lenta, excesivamente deliberada. La carga del miedo deja huellas profundas sobre la tierra, todo lo contrario al andar ligero de quien corre tras sus sueños.

Seguir las señales es ver los trenes que saldrán y no volverán. Porque, desengáñate, hay trenes que no vuelven a salir. Y hay que subirse a ellos cuando aún están en la estación. Hay que dejar a la ambivalencia en el andén.

Seguir las señales es saber cuándo es el tiempo de dejar lo que te es agradable, lo fácil, lo que se te da bien. Dejarlo para abrazarte al enigma, para entrar de puntillas en el territorio inexplorado. Dejarlo para volver a ser aprendiz una vez más, para que otros maestros y otras enseñanzas te agiten el corazón.

Seguir las señales es saber que algunos nunca te entenderán, que hay quien escucha tu canción y quién no. Porque uno sólo debe cantar para quien escucha su canción. Todo lo demás es desperdicio.

Seguir las señales es atreverte a descubrir que eres tu peor enemigo y tu mejor amigo. Que los que están de vuelta de todo son los que nunca fueron a ninguna parte. Que no hay fracaso.

Seguir las señales, al fin, es saber que no dejaste espacio sin explorar, ni puerta sin abrir. Saber que te atreviste a lo distinto, a nadar contra la corriente. Estar dispuesto a que te señalen, o a que te miren con condescendencia. Saber que, a pesar del miedo, subiste al tren. Te atreviste a ir más allá de tu pueblo mental, de tu comarca emocional.

Y siguiendo las señales, compruebas que en la estación final hay un premio. Saber que has sido algo más que un buen hijo, hija, padre, madre, trabajador, consumidor, ciudadano, votante o abstencionista.

Saber que has vivido.