Amor al poder

(No voy a hablar de política, aunque los tiempos sean propicios para ello, sino de relaciones personales.)

Se habla poco del poder en el mundo de las relaciones entre las personas. En parte porque es un tema feo, en parte porque a quienes gustan de ejercerlo, no están por la labor de reconocerlo.

Hay muchas formas de ejercer el poder en una relación. Algunos lo hacen de un modo rudo y sin contemplaciones: “aquí se hace lo que mando yo”. Estos son los menos.

Los más son los que usan técnicas sutiles para manipular y controlar al otro.

Están los que saben qué es bueno para ti, incluso te dicen cuáles van a ser las consecuencias de tus actos, aunque no les hayas preguntado. Sutilmente te dicen que eres tonto/a y no se te puede dejar solo/a porque te puedes meter en algún lío. Crecieron en ambientes donde se manipulaba a través del miedo, la vejación o la amenaza sutil.

Están también los que se convierten en víctimas perpetuas, lloriqueando por todo lo que su amado/a les hace sufrir, sin ser capaces de, simplemente, alejarse. Buscan con ello culpabilizar al otro, tenerle atado a través del “mira lo que me estás haciendo”. Estos son los que aprendieron en hogares masoquistas, donde se interiorizaba el dolor pero nunca se arreglaba nada.

Y luego están los que te quieren… mientras les seas útil. Confunden el cariño con el aprovechamiento y juegan con personas de baja autoestima, que quieren hacerse valer por sus logros y no por su Ser. Estos aprovechados vienen de familias de explotadores y materialistas, donde aprenden que un ser humano vale por lo que tiene y por lo que se puede extraer de él.

El amor y el poder son incompatibles. Donde florece el amor no hay juegos de poder. Y si surgen estas pulsiones, se observan y se sanan. Quien ama, suma y no resta. Te pone a favor de las personas y no a favor de sí mismo. Te ayuda a encontrar sabiduría y a buscar libertad. Quien ama, con flexibilidad, con compasión, te acompaña.

Esto, creo yo, vale para cualquier tipo de relación.