Viendo “Boyhood” de Richard Linklater

Una confesión inicial: soy fan de Richard Linklater. Así que cuando un tipo como él, pieza clave cine independiente norteamericano desde la década de los 90, saca una nueva película, corro a verla con ilusión mezclada con un cierto temor. ¿Estará a la altura?

A lo que asistimos con su última opelícula, Boyhood, es al paso del tiempo, que se condensa en breves instantes de la vida de su protagonista: un niño al que vemos crecer (verdaderamente) desde los 6 hasta los 18 años de edad. La prensa ha alabado el atrevimiento de Linklater, rodando con los mismos actores durante doce años. Hay que tener mucho valor para embarcarse en un proyecto que es todo lo contrario del cine de blockbuster que envenena las carteleras (y las mentes) desde hace ya demasiado tiempo.

El tiempo es precisamente uno de los temas esenciales en el cine de Linklater. Por un lado, la acción de algunas de sus mejores películas transcurre en el plazo de veinticuatro horas. Por otro, proyectos como Boyhood o la saga “Antes de” se filman en pequeños tramos durante años, lo que nos permite asistir al paso del tiempo y cómo éste transforma, física y moralmente a los personajes.

El cine de Linklater es realista y fantástico. Real porque cuando lo ves, notas que no hay trampa ni cartón: que las arrugas de Ethan Hawke y el devenir vital de su personaje, encajan; que la adolescencia de Ellar Coltrane va construyendo un personaje que seguramente se aleja del que imaginó Linklater al comienzo del proyecto. Fantástico, porque todo lo que es encuadrado por una cámara se transforma en impostura (y eso, no otra cosa, es el Arte: impostura).

El cine de Linkalter está poblado de diálogos interesantes que no siempre parecen profundos, pero que lo son. Hombres y mujeres que piensan y hablan, que pueden compartir una historia sin tener sexo (o teniéndolo). Discusiones sobre la naturaleza de la realidad, como en la extraordinaria Waking Life, o sobre la tecnología como adicción y método de control social en A scanner darkly.

Pero más allá de las discusiones filosóficas, Linklater no teme hincar el diente a temas candentes, como la necesaria pero descorazonadora “Fast Food Nation“, una obra compleja, que no sólo denuncia la cultura de la comida basura (Linklater es vegetariano desde joven), sino la explotación laboral de los inmigrantes, sacrificados como los propios animales que manipulan en infernales cadenas de trabajo.

Boyhood es una película en la que parece no suceder nada, pero en la que suceden cosas constantemente. Está hecha de la misma sustancia que la vida: momentos de tedio, sueños, desilusiones y súbitas iluminaciones. Es una obra que nos atrapa despacio, que nos convence, porque en ella nos sentimos reflejados. Nos devuelve fragmentos de nuestra propia vida en un experimento tan revelador, irrepetible y conmovedor como la existencia de cada uno de nosotros. ¿Acaso se puede pedir algo más?

Richard Linklater lo ha vuelto a hacer.