Los viajes del alma no son cómodos

Contaba Joseph Campbell que todos los mitos son en esencia uno y el mismo, el viaje del héroe o la heroina en busca de un don, aparentemente sobrenatural, que no es más que la capacidad de renovación de la propia vida. Y todos los mitos, decía, no eran sino una forma de explicar y dar sentido a las necesidades del alma humana.

“El héroe se lanza a la aventura desde su mundo cotidiano a regiones de maravillas sobrenaturales; el héroe tropieza con fuerzas fabulosas y acaba obteniendo una victoria decisiva; el héroe regresa de esta misteriosa aventura con el poder de otorgar favores a sus semejantes.”

Una de las claves esenciales para comprender lo que es un viaje heróico, y diferenciarlo de cualquier otro periplo, es que inicialmente uno no debería saber bien en qué clase de lío se está metiendo. Cuando decidimos que queremos seguir un camino porque hay un aprendizaje concreto que queremos asimilar, cuando nuestra mente nos dice: “por ahí”, es bastante posible que nos encontremos ante una travesía del ego, un viaje en el que no encontraremos gran cosa de valor.

Los viajes del héroe o la heroina, los auténticos viajes del alma, se inician sin desearlo, sin pretenderlo, sin saber adónde nos conducen. Comienzan con una llamada a la aventura que es molesta, desagradable, que nos saca de la rutina en la que estábamos acomodados, y amenazan, desde un buen principio, con sumergirnos en un mundo que nos causa temor o inquietud.

En los cuentos infantiles, en los mitos, el personaje que nos sumerge en ese viaje no es un príncipe solar ni una tierna doncella, sino un sapo, un flautista, un mendigo, una mujer hechicera o un extraño viajero. El personaje que parece oscuro a primera vista y que nos arrastra a una odisea que creemos ajena, es una ingerencia del mundo subterráneo en nuestra plácida existencia. No es alguien fácil ni previsible, que se acomode a nuestro ego pequeño y acomodado.

Y sin embargo, ¿por qué nos atrapa? ¿por qué le seguimos? ¿Cuál es el mecanismo que nos hace abandonar la comodidad para ir detrás de ese extraño personaje? ¿Acaso no deberíamos dar marcha atrás, volver a lo conocido?

La respuesta es aparentemente simple: todo crecimiento se da cuando abandonamos la zona cómoda.

Los viajes heróicos vienen generados por nuestra necesidad de crecer, de abandonar la pureza infantil para entrar en el territorio confuso y fecundo de la madurez.

Ese personaje molesto que te introduce en el terreno que no querías pisar no es más que un emisario de tu propia alma: eres tú jugando a engañarte, jugando a seducirte. Ese personaje que te lleva a la profundidad, al encuentro con los arquetipos paternos o maternos que habías rechazado, ese personaje incómodo es el último recurso de tu propia alma para que despiertes y crezcas, para que te manches y pierdas la falsa pureza en la que te habías envuelto.

Es el último recurso porque somos muy cómodos, porque queremos las respuestas fáciles, sin darnos cuenta de que por ese camino mental no hacemos otra cosa que secarnos por dentro.

La renovación de la vida exige emprender viajes que no son cómodos, que no sabes adónde te llevan. Exige seguir a esos emisarios que nosotros mismos nos hemos puesto en el camino, porque a través de ellos llega el amor, la sorpresa, la renovación, la curación o la alegría. Llega, en definitiva, la propia Vida.