La Danza de la Realidad

No negaré que mi ego se vio reconfortado al leer mi nombre en los títulos de crédito de la última película de Alejandro Jodorowsky, “La Danza de la Realidad”. Quedar para siempre unido a esa obra, conocer las circunstancias de esa conjunción, es uno de esos acontecimientos felices que viajará conmigo siempre.

Pero claro está, La Danza de la Realidad es lo que todos han dicho que es: el reencuentro del maestro con el cine después de 23 años, después del ¿fracaso? del proyecto “Dune” (nunca un fracaso fue tan exitoso, tan inseminador, tan brillante).

Sería un error pensar que La Danza es una autobiografía de Jodorowsky, un canto a sí mismo. Y no lo es por tres razones.

La primera es que en esta autobiografía mágica, Jodorowsky más que recrear su vida, la crea, bailando sobre lo que fue y lo que debió ser con la misma soltura con que de niño bailó con aquellos zapatos rojos que trajeron belleza y desgracia a su vida. Jodorowsky construye una realidad, da a sus personajes (a su familia) una posibilidad de redención que no tuvieron en su momento, y de esa manera, les sana.

Se podría pensar en una deslealtad a lo real, a la veracidad, pero ¿acaso hay alguna memoria que sea real? ¿y acaso no es a veces más real lo imaginado que lo que entemos como real?

El segundo motivo por el que esta película se aparta de todo afán egoico, y es que más que la historia del niño Jodorowsky, esta película se centra más en la figura de su padre, Jaime, que en la propia peripecia del director. Y no para relatar, de nuevo, lo que fue, sino lo que debió ser. No para explicar su vida, sino para construirla de nuevo.

Y al fin, hay un tercer motivo, el más importante, para creer que esta película no es el proyecto de un ego pequeño. Esta obra habla de la redención, de tener una segunda oportunidad. Habla del alma del hombre viejo que corre a salvar al niño que fue. Nos muestra un camino, duro, violento a veces, donde hay que aprender a romper cadenas, a reconocer los abusos, las violaciones del alma que no pueden quedar impunes, y donde las personas pueden perdonarse y perdonar, pero siempre a través de un proceso, aprendiendo a ver la propia oscuridad para no creer que somos sólo luz, aprendiendo a perder para ganar, aprendiendo a morir para renacer.

Dije al principio que ver mi nombre en los títulos de crédito era un regalo para el ego. Corrijo ahora, es un regalo para el Alma, como la película del viejo Jodo es un regalo para el Universo.

Gracias, maestro.