Volviendo a ver “Bright Star” de Jane Campion

No hace tanto que esperábamos la llegada de una carta (o al menos yo las esperaba), la llegada de las palabras de alguien que era importante para nosotros: un familiar, un amigo lejano, un lejano amor. Esperábamos días y días. ¿Y qué hay del placer de releer aquellas líneas, de encontrar en ellas, a cada visión, nuevos significados. ¿Era esta carta más cariñosa, más íntima , más tierna que la anterior, o por el contrario nos sonaba más fría, más distante? ¿Y qué podía significar todo eso?

Sospecho que en este tiempo en que todo debe ser instantáneo, en el que el diálogo es continuo, aunque estemos lejos, en que pulsamos febrilmente la pantalla de nuestros móviles aunque estemos andando por la calle, también los sentimientos se vuelven más superficiales. ¿Acaso la mente no se vuelve también más hueca? Ideas sencillas, sentimientos simples. Todo fácil y bien masticado.

Leer hoy en día a mi poeta favorito, John Keats, se vuelve difícil, y eso nos debería hacer pensar. Nos hemos vuelto demasiado superficiales, queremos la recompensa demasiado pronto. Sin saber que las recompensas que merecen la pena se tienen que demorar un poco. Somos incapaces de memorizar un poema, como no seríamos capaces ya de esperar una carta de amor, de apreciar un poema, mejor o peor, que nos han dedicado.

Acabo de volver a ver la extraordinaria película de Jane Campion sobre Keats y siento que es una obra que no llegará a muchos. Es cine destinado a brillar sí, pero como una estrella fugaz. Es, para la crítica, demasiado lenta. Y en definitiva, ¿a quién le importa la vida de un poeta del mil ochocientos?

La belleza era un tema esencial para John Keats, pero no la belleza efímera que se nos vende hoy en día. La belleza del alma es una gota de rocío que cae lentamente, una gota donde el universo entero se refleja y se contiene.

Pero ésto sólo lo entenderán unos pocos.