(Breve) elogio de la inocencia

Bien decía Antonio Machado que “los que están siempre de vuelta de todo son los que nunca han ido a ninguna parte”. Y es cierto que no hay nada más triste que encontrarte con alguien que ha perdido la sana capacidad de asombro.

Vivimos rodeados de expertos de la nada, de personas que han estado en todas partes, que han visto todas las películas y han probado todos los platos. Gentes que ya conocen el resultado antes de hacer la prueba y que tienen las respuestas pero nunca se han formulado las preguntas.

Pero ocurre que asombrarse es estar vivo, reconocer que cada día es diferente, que el sol de ayer no es el de hoy ni el de mañana, que mil noes se convierten un día en un “sí” que resuena en todo el universo. Abrir los ojos con inocencia nos hace ver el mundo con otro color, con otra luz, como un niño que despierta a la vida.

Hay una inocencia peligrosa, no cabe duda, que nos puede meter en más de un atolladero. Es la inocencia del que no ha madurado, del que acepta los mitos sociales como verdades incuestionables, del que cree que sólo hay un camino o una solución.

Pero hay una inocencia sana, que se deslumbra con cada giro aleatorio del vuelo de una mariposa. Hay una inocencia que los dioses tutelan y los seres humanos añoran.

¿Por qué amamos a los que son capaces de ilusionarse? ¿Por qué se les ataca y secretamente se les envidia? Porque han bebido de la copa de los dioses, del elixir de la vida. Cuando aprendes a sorprenderte, la muerte no te alcanza.