Dignidad y propósito

Creo que tanto en la vida como en la muerte debe haber una dignidad y un propósito.

Esto es fácil de entender cuando pensamos en nuestra vida presente y futura. No hay vida que merezca la pena cuando es indigna (y el límite de la dignidad pertenece a cada cual), pero quizá con más frecuencia olvidamos que tampoco se puede vivir sin propósito. Hay un “para qué” que es más importante que cualquier “por qué”, y sin el cual, la existencia se convierte en un transcurrir sin sentido.

Pero del mismo modo que la vida se dirige hacia un lugar, la muerte también lo hace. La muerte no es final, sino tránsito, y como tal, lleva consigo un propósito y debe estar envuelta en una dignidad. No se muere porque sí, ni debería haber muerte indigna. Y del mismo modo que la vida es o debe ser luz para uno mismo y para los otros, la muerte propia o aquella de la que somos testigos, también debería proveernos de esa claridad.

No hay luz y oscuridad, del mismo modo que no hay vida y muerte. Hay grados de luminosidad como hay grados de vitalidad. En el sentido que damos a ese transitar, en el grado de luz que proyectamos y percibimos, está la clave.

(Escribiendo esto, recuerdo que existen algunas tradiciones espirituales en las cuales el adepto acelera el trámite de su propia muerte cuando ésta es ya inevitable. Y eso me lleva a pensar ¿tiene sentido prolongar la propia estancia en este mundo cuando uno siente que ya no hay nada que hacer? ¿Por qué apurar el cáliz hasta la última gota cuando sabes que el viaje continúa? ¿Merece la pena seguir esperando en la estación cuando hay un tren a punto de partir?)