Hablando de lo que no se puede hablar

Quiero hablar de un tema tabú en ciertos ambientes “espirituales”, la violencia.

Cuando surge esta palabra, es palpable el rechazo que provoca, y desde luego no seré yo quien defienda el uso indiscriminado de la violencia. Pero tampoco voy a ser uno más de los que la convierten en algo innombrable, invisible.

Hay que ser claros, todos ejercemos cierto nivel de violencia en nuestra vida cotidiana. Y pobre del que no lo haga.

Por ejemplo, no es agradable decir “no”, y menos escuchar esa palabra. Pero no cabe duda de que es un término necesario, que nos permite establecer límites y reconocer los límites de los demás. Ese “no” es una palabra violenta, independientemente de que se diga con serenidad o a voz en grito. Mi “no” significa que voy a poner mi interés por delante del tuyo, a sabiendas de que no te va a gustar. Significa también defender el espacio propio, indignarse ante el que nos oprime o nos avasalla. Significa respeto.

Por supuesto que todo sería más fácil si todos fuéramos razonables, pero no lo somos. Así que cierta violencia es necesaria. Como escribí en otra parte, si el pollo no rompe el cascarón, se muere dentro del huevo. Romperlo es un acto de violencia, que significa la diferencia entre vivir y morir.

Ahora bien, ¿cuándo se salta la barrera entre la violencia defensiva, aquella que nos permite vivir y la que se proyecta injustificadamente sobre los demás? Y la pregunta que más me interesa y que realmente es la que dio origen a este escrito ¿cómo se relacionan el hombre y la mujer con la violencia? Esto da para mucho y seguiré dándole vueltas al tema.