El perdón

Del mismo modo que el pez no sabe que vive en el mar, no hay nada más presente que aquello que está a nuestro alrededor y que no somos capaces de ver: la cultura.

Nos hemos criado en una civilización judeo-cristiana, cuyos mitos germinan en Mesopotamia y Egipto, florecen en Grecia y Roma y fructifican en Palestina alrededor de los siglos I y II de nuestra era. Casi todo lo que somos, viene de ahí. Las ideas-fuerza que dan aliento a nuestra civilización presente cristalizaron entre un grupo de varones que vivieron en esa época y siglos posteriores.

Con frecuencia oigo la expresión “he perdonado” en boca de personas que no se considerarían a sí mismas como participantes de esa herencia judeo-cristiana. Pero la idea de “perdón”, tal como la conocemos viene de ahí.

Hay que recordar la música de fondo: quien perdona es Dios (con mayúscula) y el perdonado es siempre un pecador.

Como no queremos ver el agua que nos rodea, olvidamos que cuando alguien dice que perdona a otro, se sitúa en una posición elevada con respecto al pecador. En el fondo, la música que suena es “yo te perdono porque soy más que tú: más inteligente, más bondadoso/a, más consciente; yo te perdono porque me siento en el sillón de Dios”.

La prueba de un perdón apresurado es muy simple, consiste en cambiar el modo verbal. En vez de “te perdono”, hay que preguntar “¿me perdonas?”. Si la música sigue sonando bien, adelante. Pero si algo desafina por dentro, quizás haya que salir fuera del agua para ver las cosas desde otra perspectiva más amplia: la del trabajo por la reconciliación. Pero esa es otra historia… para otro día.