Recetas

Recuerdo a un tipo que conocí. Tenía en su cocina de soltero una báscula de precisión con la que pesaba, con gran exactitud, los ingredientes de cada una de las recetas que cocinaba, guiándose por varios libros bastante convencionales. Me sorprendió ese deseo de control: el libro, la receta y la báscula. Yo que aprendí a cocinar con una cocinera intuitiva como mi madre, que añado o quito ingredientes según el estado de ánimo o las existencias, que sólo uso las recetas impresas de manera ocasional y como mera referencia, nunca de modo estricto.

En el campo del desarrollo personal, como en otros, las recetas tienen éxito. Supongo que el “haz esto y conseguirás aquello” apela a una parte de nuestra experiencia en la que nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho, medido, sin posibilidad de error. No te arriesgues, no vaya a ser que te equivoques, no vaya a ser que fracases (ése es uno de los ogros de nuestra cultura, el “fracaso”).

Pero cocinar es estar siempre en la cuerda floja. Vivir también. La mejor receta no hace al mejor cocinero. No existe ninguna garantía de nada. Las recetas no sirven.

Cuando alguien pregunta “cómo hago ésto”, la respuesta natural, que a muchos irrita, pero que es la más lógica, es “haciéndolo”. El bloqueo no está en hacerlo, sino en el miedo a fracasar. Pero el verdadero fracaso es que el miedo te bloquee hasta el punto de no hacer lo que tienes que hacer.

Y claro que hay “trucos”, en la vida y en la cocina. Pero cocinar no es un truco, es atreverse a crear algo. Sin normas estrictas. Como en la propia vida.