La máquina está viva

Hace poco más de tres siglos cristalizó en Europa un movimiento filosófico del que aún hoy, de un modo u otro, seguimos siendo herederos, la Ilustración.

La Ilustración trajo algunas buenas ideas, y otras no tan buenas. Los ilustrados creían que la luz de la razón podía derrotar a las tinieblas de la superstición y la tiranía. De manera convulsa, este movimiento dio origen a la democracia moderna, al conocimiento tal y como lo entendemos, así como a la ciencia.

Pero una parte de ese movimiento también tiene que ver con la concepción del mundo como una gran máquina, como un gran mecanismo de relojería del que nosotros somos sólo una parte, un pequeño engranaje. Ese mecanicismo quiso robarnos el alma.

Algunas de las consecuencias de esa visión “des-almada” del mundo las podemos ver hoy en día en la manera en que tratamos a la naturaleza: como un gran almacén del que tomamos lo que necesitamos sin que nos importen las consecuencias a largo plazo. El ser humano ha vivido un millón de años en este planeta en armonía con todo lo que le rodeaba, y sólo en los últimos tres siglos hemos empezado a destruir y a saquear nuestro entorno de un modo que quizás sea irreparable. Curiosamente, el mismo período de tiempo en el que nos han hecho creer que el mundo era una máquina y no lo que de verdad es y ha sido siempre, un inmenso organismo vivo.

Hace diez mil años, a nadie se le hubiera ocurrido contaminar el río de cuyas aguas iba a beber a continuación. Es una cuestión de lógica y de comprensión de los mecanismos sutiles por los que se rige la vida.

Vemos el mundo como algo externo a nosotros mismos sin darnos cuenta de que el mundo somos nosotros. Nos han contaminado la mente. Ya es hora de hora de hacer un poco de limpieza. Ya es hora de ser humildes.