Ser, hacer y tener

Todos los seres vivos somos consumidores ya que tomamos recursos del medio ambiente para poder vivir. Consumir no es algo que pueda ser reducido a una categoría moral, no es “malo” ni “bueno”. Es un imperativo de la naturaleza.

Por tanto es absurdo lanzar una diatriba contra el consumo, porque mientras vivamos siempre seremos consumidores.

Pero a diferencia de otros seres que viven en el nivel de las necesidades esenciales, el ser humano desarrolla otras más elaboradas. Así que nuestro nivel de consumo se puede graduar en las imprecisas categorías de: imprescindible (necesario para vivir), conveniente (nos hace la vida más cómoda) y superfluo (añade satisfacciones de carácter psicológico de las que podemos prescindir). Por ejemplo, es imprescindible tener un lugar en el que descansar, es conveniente hacerlo sobre un colchón cómodo, pero es superfluo que sea de una marca u otra.

El consumo se convierte en consumismo cuando la herramienta se vuelve el objetivo, cuando se adquieren objetos por la satisfacción que supuestamente nos darán antes que por la necesidad que tengamos de ellos. Por ejemplo, un coche nuevo causa una satisfacción que se diluye rápidamente en el primer mes después de su adquisición. Un smartphone de último modelo puede ser la admiración de los que nos rodean, pero ¿a qué precio personal y planetario? ¿Tiene sentido buscar alguna felicidad en esas posesiones? ¿por qué nos engañan para creer lo contrario cuando sabemos la realidad? ¿por qué nos dejamos engañar?

Evidentemente porque vivimos en el mundo de la bicicleta sin frenos. Nadie nos cuenta que este sistema de vida está condenado a la autodestrucción a menos que lo cambiemos. Quieren que pensemos que el truco está en seguir pedaleando, sacando fuerzas de donde ya no las hay, para así no caer. Pero la bicicleta sólo se controlará si usamos un poco más la cabeza y un poco menos las piernas. Y se puede, pero hay que cambiar muchas prioridades.

Podríamos empezar cada uno de nosotros situando estos tres verbos en el orden correcto, que a mi juicio es éste: primero ser, luego hacer y sólo al final, tener. Cualquier otra variación nos lleva a la ruina.