Volver

Viajas porque te gusta, pero después de meterte 4600 kilómetros entre pecho y espalda, algo cansado terminas. A fin de cuentas es la distancia que hay por carretera entre Madrid y Teherán, si tal viaje, hoy por hoy, fuera posible.

Así que hay que volver y vuelves, aunque a veces sea por partes. El alma se te queda en agún lugar del camino y el cuerpo lo vas recuperando por segmentos. Los brazos y las piernas son funcionales pero insensibles. La cabeza sigue como siempre. Algunos órganos internos funcionan más despacio, y de la espalda mejor no hablamos.

Pero cuando por fin llega el día en que el alma decide regresar del viaje y volver a unirse con el cuerpo, qué bien te sientes. Te vuelven a la retina muchas expresiones, paisajes, sensaciones. No puedes ver a todas las personas que desearías, que aprecias y sabes que te aprecian. No hay tiempo ni energía. Tampoco puedes saborear eternamente los paseos. Hay que elegir, continuamente. Y en cada elección ganas algo y pierdes algo.

También sabes que desde antes de salir, ya habías decidido volver. Pero ¿volver adonde? ¿Acaso no estamos siempre con nosotros mismos? ¿Hemos partido de algún lugar? ¿Hay algún sitio al que volver?

En realidad no hemos partido ni hemos vuelto. No nos hemos saludado ni despedido. Estamos siempre ahí, en el viaje, a veces externo, a veces interno, sin salir del todo ni llegar del todo, siempre a mitad de camino y viviéndolo. Llevamos miles de años, miles de vidas, viéndonos y reconociéndonos. A veces nos distanciamos, pero al final siempre acabamos encontrándonos de nuevo.

Así que todo está bien.