Sin planes

Hace tiempo aprendí a vivir en el alambre. Como los equilibristas. No tener preparado más que lo justo. Confiar en los propios recursos, que siempre son mayores de lo que uno imagina.

Es cierto que sólo puedes improvisar el papel cuando lo has ensayado muchas veces. Pero no es menos cierto que cada función es diferente: distinto público, distinto momento, distinto uno-mismo. En el alambre es igual, las sensaciones son diferentes cada vez que te subes ahí arriba. Y a veces te caes.

Viajando descubrí que no hay que tener planes, y que siempre hay un sitio blando en el que aterrizar si, tras haberlo intentando en el alambre con honestidad, te ves en el suelo. A fin de cuentas, sólo importa lo que hay que sentir y hacer en cada momento. El paso anterior o el siguiente, no existen.

Sabemos que el mundo no va bien, aunque me ahorraré los detalles. Ciertamente aquí y allá encuentras personas que sobresalen, que dan la medida del potencial humano para el bien. Pero como humanidad, como colectivo, estamos fracasando y hay que reconocerlo.

Es indispensable estar informados. Saber dónde estamos. Sacar la cabeza del agujero. Entender que lo que ocurre a cualquier ser humano en cualquier lugar del planeta, para bien o para mal, repercutirá en nosotros. Porque no hay siete mil millones de mundos. Hay un solo mundo.

Vienen curvas, amigos. Y esta “crisis” no es más que la máscara de otras más importantes que llevan un tiempo azotando a esta humanidad ciega. Ahora bien, lo que no hay que tener es miedo. Al final, lo que existe es el día a día, cómo convives con aquellos que te acompañan, cómo tratas a este hermoso planeta, cómo te tratas.

Ser lo que podemos llegar a ser, no lo que otros quieren que seamos. Hacer lo que corresponde, no lo que nos exigimos. Tener lo necesario, pero no lo superfluo.