Excusas varias

Hace un tiempo, una mujer me dijo en un taller, “No sé si me conviene esto. Aquí están saliendo cosas que no sé si quiero tocar. ¿Qué hago luego con todo esto? Dime si es así para retirarme.”

Con la más inocente sonrisa de mi repertorio le di una respuesta del tipo: “pues ya estás metida hasta el cuello, cariño”.

Una de las cosas que más sorprenden al principio es que las personas, por regla general, no queremos solucionar nuestros conflictos. Lo que deseamos muchas veces es eliminar los síntomas molestos. Eso sí, camuflamos nuestro miedo bajo miles de buenas excusas.

Y las excusas son de verdad un herramienta extraordinaria, porque siempre hay una para cada solución. Son bonitas y variadas, como las navajas suizas, pero al final, igual de incómodas e inútiles.

Por eso siempre me conmueven aquellos que se atreven a dar un paso adelante. Los que confían en su propio guía interior. Los que creen que éste nunca les va a llevar por mal camino (nunca lo hace).

Pero para saber si de verdad estás siguiendo a ese maestro interno sólo hay una norma: debes aceptar, si tienes un grave problema, que te saque fuera de tu zona de seguridad. Debes permitir que te envíe de frente hacia aquello más temes. Transitar el camino fácil, en esas circunstancias, es engañarse.

Olvidando las excusas, pocos meses y varios infiernos después, esa misma mujer floreció delante de todos.